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No está muerto, anda de parranda.

Las preguntas que la coca esconde (Daniel Díaz)

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Vas de coca hasta las cejas. Lo sé. Conozco ese mundo como si lo hubiera esnifado. Mueves las cejas y la mandíbula y no paras de hablarme en tono conciliador, muy rápido, muy tú y yo somos colegas, ¿eh?, ¿eh?

No pareces haberla mezclado con alcohol. Hueles a champú y a loción de afeitado. Chaqueta, corbata y camisa recién planchada: No asocias la coca con la fiesta, sino con la misma vida. ¿Destino?: un restaurante en el centro de la ciudad. Las tres y media de la tarde para mí. Las nunca y siempre para tus fosas nasales.

O puede que solaparas una noche demasiado larga con dos o tres horas de sueño, o tal vez ninguna, y un café, un par de rayas y una buena ducha a modo de borrón y cuenta nueva: mañana que ya es hoy será otro día. Así son los adictos a la coca: violadores del tiempo, soñadores sin sueño. Atentos a todo desde una dimensión que no existe.

Buscas no pertenecer a este mundo lineal sino a otros paralelos, o volar a dos palmos, o sentirte crecido, especial, sin complejos, ágil de mente, ausente o presente según los gramos que toquen hoy. Pendiente al instante de tu propio estado de ánimo: bajón que sube en cuanto despliegas tu papelina sin saber ni controlar en qué momento esa papelina te desplegará a ti. Ahí está el error que todos cometen, la trampa del polvo blanco, en un principio ideal pero sectario para la mente. Comienzas consumiéndolo hasta que él te consume a ti y a tu economía por muy solvente que sea, y a los amigos de farra que luego no resultan serlo tanto, en absoluto, y a tu famila y a tu entornopreadicto.

Y lo de la heroína tampoco te lo planteaste nunca. Ni hablar del asunto: crea adicción física desde el primer pinchazo o aspirado en papel de plata. Y eso no mola. No eres, al menos a priori, un suicida. Y te deja marcas, te estigmatiza.

Llegamos a tu destino y me tiendes un billete de veinte enrollado. Al desplegarlo, se esparcen briznas de tu secreto sobre tu pierna izquierda y la alfombrilla del taxi.

– Perdón. Ya sabes… – me dices.

– Sí. Ya sé – te digo.

Te vas.

Me jode, pero sé que si en lugar de un simple yonky no residual, socialmente aceptado, fueras un artista de esos que llenan, si crearas algo que me llegara muy dentro, aunque lo lograras gracias al efecto de la coca o de cualquier otra droga mentedilatadora (yo mismo uso el alcohol, algunas veces), te habría mirado no con ojos de lástima, sino de admiración. Ahí está el dilema. Que me importen un huevo los medios que lleven a ese fin: al arte tal y como yo lo entiendo.

Por Daniel Díaz , alias Simpulso

Medio taxista, medio escritor. Madrid, España.

Tomado de Ni libre ni ocupado, su blog.

Written by romel eliseo

noviembre 17, 2010 a 9:03 pm

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